En 1925, en el Valle de los Reyes, un acontecimiento sacudió el mundo de la arqueología y cautivó la imaginación colectiva: el descubrimiento del ataúd de Tutankamón, un joven faraón cuyo nombre se convertiría en sinónimo de misterio y esplendor. Este momento, teñido de un aura de terror y asombro, ha pasado a la historia como una de las mayores revelaciones jamás realizadas. Dentro de una tumba sellada durante más de tres milenios, aguardaba un tesoro de inimaginable riqueza, protegido por el tiempo y las ardientes arenas de Egipto. Pero más allá del brillo del oro, este descubrimiento conllevaba una tensión casi sobrenatural, una sensación de que algo antiguo y poderoso había sido perturbado.

La expedición, dirigida por el arqueólogo británico Howard Carter, había comenzado años antes, financiada por Lord Carnarvon, un aristócrata apasionado por el antiguo Egipto. Después de excavaciones infructuosas y esperanzas menguantes, el 4 de noviembre de 1922 se descubrió una escalera que conducía a una puerta sellada. Cuando Carter perforó un pequeño agujero en la puerta y metió una vela en el interior, tuvo una visión que más tarde describió como “maravillosa”. Los objetos brillaban en la oscuridad: estatuas doradas, carros, cofres incrustados con piedras preciosas. Pero eso fue sólo el preludio. El verdadero shock llegaría más tarde, en 1925, cuando el propio ataúd sería revelado en todo su aterrador esplendor.
En el corazón de la cámara funeraria, un gigantesco sarcófago de piedra roja, de casi tres metros de largo y más de una tonelada de peso, dominaba el espacio. Tallado con una precisión casi inhumana, parecía desafiar a cualquiera que se atreviera a profanarlo. En el interior, tres ataúdes encajan como muñecas rusas, cada uno más suntuoso que el anterior. El primero estaba hecho de madera dorada, decorado con intrincados diseños; El segundo, aún más rico, tenía incrustaciones de vidrio coloreado y oro. Pero fue el tercero el que cautivó los corazones y las mentes: un ataúd elaborado completamente en oro macizo, con un peso de 110,04 kilogramos. Esta habitación hipnóticamente hermosa contenía la momia del joven faraón, con el rostro cubierto por una máscara funeraria que se convertiría en el ícono por excelencia del antiguo Egipto.

La apertura de este ataúd fue un momento de terror tanto como de triunfo. Los miembros del equipo, ya exhaustos por meses de trabajar bajo un calor sofocante, sintieron una aprensión inexplicable. Ya circulaban rumores de una maldición, amplificados por la repentina muerte de Lord Carnarvon en 1923, poco después de entrar en la tumba. Una picadura de mosquito infectado se llevó al patrón, pero para muchos fue una señal de venganza faraónica. Cuando finalmente se levantó el ataúd dorado, revelando la momia intacta de Tutankamón, algunos juraron haber oído un suspiro en el aire quieto, como si el espíritu del rey protestara por la intrusión.
Este tesoro no era sólo una proeza artística; Mostró una devoción casi obsesiva hacia el faraón. Tutankamón, que tenía apenas 19 años al morir, había reinado sólo brevemente, durante un período convulso de la historia egipcia. Sin embargo, su tumba superaba en riqueza a las de los más grandes soberanos. Para qué ? Las hipótesis abundan. Algunos creen que fue enterrado con prisa, ya que su tumba estaba originalmente destinada a otra persona, lo que explicaría su modesta ubicación en el Valle de los Reyes. Otros ven esta opulencia como un acto de redención, un intento de los sacerdotes de restaurar el orden después del reinado herético de su predecesor, Akenatón. En cualquier caso, el ataúd dorado y los miles de objetos que lo acompañaban –joyas, armas, muebles– representaban una fortuna colosal, quizá la mayor jamás descubierta.
Pero la brillantez de este descubrimiento fue rápidamente eclipsada por una ola de misterio y tragedia. Después de Carnarvon, otros miembros de la expedición sucumbieron en circunstancias extrañas: enfermedades repentinas, accidentes inexplicables. Los periódicos se aferraron a la idea de una “maldición de Tutankamón”, alimentando una fascinación morbosa. ¿Fue una coincidencia o alguna fuerza antigua realmente estaba protegiendo este tesoro? Los relatos de la época hablan de noches sin descanso en el campamento, sombras en movimiento cerca de la tumba e incluso de advertencias talladas en la cámara funeraria, aunque su autenticidad sigue siendo objeto de debate.
Para los egipcios de la época, el descubrimiento del ataúd era al mismo tiempo un motivo de orgullo y una profanación. Los tesoros de Tutankamón eran parte de su herencia, pero su extracción por extranjeros reavivó las tensiones coloniales. Aún hoy, estos objetos, expuestos en el Museo de El Cairo, atraen a millones de visitantes, cada uno de ellos interesados en desentrañar el misterio de este joven rey. La máscara dorada, con sus ojos incrustados de lapislázuli y su sonrisa enigmática, parece desafiar el tiempo, como si aún guardara los secretos de un mundo perdido.
Científicamente, el descubrimiento revolucionó nuestra comprensión del antiguo Egipto. El análisis de la momia reveló que Tutankamón sufría deformidades, posiblemente debido a la endogamia real, y que murió joven, probablemente por una infección o lesión. Los objetos funerarios, meticulosamente catalogados, ofrecieron una visión incomparable del arte, la religión y la vida cotidiana durante la XVIII Dinastía. Pero para muchos, el valor de este tesoro va más allá de los hechos históricos. Encarna una conexión tangible con un pasado insondable, un puente entre el mundo moderno y una civilización devorada por los siglos.
Casi un siglo después, el momento en que se descubrió el ataúd dorado de Tutankamón permanece grabado en la mente de la gente como un momento de terror dorado. No fue sólo el descubrimiento de un tesoro material, sino el despertar de una leyenda que sigue rondando el imaginario colectivo. Entre relatos de maldiciones y el resplandor del oro, la historia de Tutankamón oscila entre la realidad y el mito, un recordatorio de que algunas verdades, por deslumbrantes que sean, permanecen para siempre envueltas en el misterio.