LA ZONA DE LA MUERTE EN EL “TECHO DEL MUNDO”: El derretimiento del Everest expone un impactante cementerio masivo
En la cima del mundo, donde el cielo parece rozar la eternidad, el Monte Everest guarda un secreto escalofriante. A más de 8.000 metros de altura, en la infame “zona de la muerte”, el cuerpo humano lucha por sobrevivir. La falta de oxígeno, las temperaturas extremas que pueden descender hasta los -60 ºC y los vientos huracanados convierten cada paso en una batalla contra la naturaleza. Pero en los últimos años, el cambio climático ha añadido un nuevo capítulo a esta historia: el deshielo de los glaciares está desenterrando un cementerio masivo, donde los restos de alpinistas que soñaron con conquistar el techo del planeta yacen congelados en el tiempo.

El Monte Everest, con sus 8.848,86 metros sobre el nivel del mar, es el pico más alto del mundo y un símbolo de desafío humano. Situado en la cordillera del Himalaya, en la frontera entre Nepal y China, atrae cada año a cientos de montañistas que buscan grabar su nombre en la historia. Sin embargo, no todos regresan. Según registros, más de 300 personas han perdido la vida intentando alcanzar la cima, víctimas de avalanchas, caídas, hipotermia o el temido mal de altura. Muchos de estos cuerpos, preservados por el frío extremo, permanecen en la montaña, convertidos en macabros puntos de referencia para los escaladores.

Uno de los casos más conocidos es el de “Botas Verdes”, un alpinista indio identificado como Tsewang Paljor, quien falleció en 1996 durante una tormenta en la zona de la muerte. Su cuerpo, reconocible por sus botas verdes fluorescentes, yace en una cueva junto a la ruta noreste, sirviendo como un hito para quienes ascienden. Durante años, los escaladores han pasado junto a él, un recordatorio silencioso de los riesgos que enfrentan. En 2006, el británico David Sharp murió en la misma cueva. Más de 40 alpinistas pasaron junto a él mientras agonizaba, pero la falta de oxígeno y las condiciones extremas hicieron imposible un rescate. “Nadie puede cargar con otro en la zona de la muerte”, explicó Tshiring Jangbu Sherpa, un experimentado guía que ha escalado el Everest tres veces. “Es una decisión desgarradora, pero a menudo no hay otra opción”.

El cambio climático ha intensificado esta tragedia. Los glaciares del Everest, que durante décadas ocultaron los restos de los caídos, están derritiéndose a un ritmo alarmante. En 2017, una mano emergió del hielo en el Campamento 1, seguida de otros restos en el glaciar Khumbu, según reportó C. Scott Watson, científico de la Universidad de Leeds. “El nivel del hielo en el campamento base está bajando, y los cuerpos están apareciendo”, señaló un representante de una ONG local. En 2025, el Ejército de Nepal recuperó cinco cuerpos, incluyendo un esqueleto, en una operación de limpieza que también retiró 11 toneladas de basura. “Si seguimos dejándolos atrás, nuestras montañas se convertirán en cementerios”, advirtió Aditya Karki, líder de la misión.

La “zona de la muerte” es un término que resuena con fuerza entre los alpinistas. A partir de los 8.000 metros, la presión atmosférica cae a menos de 356 milibares, y el oxígeno disponible es apenas un tercio de lo que el cuerpo necesita. El mal de altura puede provocar edema cerebral o pulmonar, condiciones letales que nublan el juicio y agotan el cuerpo. “Tu cuerpo se está descomponiendo, literalmente muriendo”, relató Shaunna Burke, quien alcanzó la cima en 2005. En este entorno, incluso los sherpas más fuertes solo pueden cargar hasta 25 kilos, y un cuerpo congelado puede pesar más de 100 kilos, haciendo que los rescates sean casi imposibles.

La masificación del Everest agrava el problema. En 2023, Nepal emitió 479 permisos de ascenso, un récord que contribuyó a 18 muertes ese año. Los embotellamientos en las rutas, especialmente en la zona de la muerte, han causado demoras fatales. “Algunos alpinistas murieron porque sus botellas de oxígeno se agotaron mientras esperaban”, explicó Ameesha Chauhan, una escaladora india que sufrió congelaciones en 2019. Para abordar esto, Nepal ha implementado nuevas medidas: los escaladores deben demostrar experiencia previa en picos de más de 6.500 metros, pagar tarifas más altas (de 11.000 a 15.000 dólares) y llevar chips de rastreo para facilitar rescates.

Entre los cuerpos que han emergido, algunos han adquirido nombres que reflejan su trágica permanencia. “La Bella Durmiente”, Francys Arsentiev, fue la primera mujer estadounidense en alcanzar la cima sin oxígeno en 1998, pero murió durante el descenso. Su cuerpo, envuelto en una bandera estadounidense por una expedición en 2007, fue finalmente retirado de la vista. Otro, conocido como “El Saludador”, parece despedirse desde una pendiente. Estos restos no solo son un recordatorio de la mortalidad, sino también un dilema ético. En 2006, el caso de David Sharp desató controversia cuando se supo que un equipo de filmación de Discovery intentó entrevistarlo en lugar de ayudarlo. “Escalar el Everest requiere estar preparado para permanecer allí”, afirmó Ang Tshering Sherpa, ex presidente de la Asociación de Montañismo de Nepal.
El impacto ambiental también es alarmante. Además de los cuerpos, el deshielo ha revelado tiendas abandonadas, cuerdas rotas y cilindros de oxígeno. Las expediciones de limpieza, como la liderada por Appa Sherpa cada mayo, recogen toneladas de basura, pero el problema persiste. “El Everest no es solo un desafío físico, sino una responsabilidad moral”, dijo Rita Sherpa, quien ha alcanzado la cima 24 veces. La montaña, considerada sagrada por muchas comunidades locales, sufre las consecuencias de la actividad humana descontrolada.
A pesar de los peligros, el Everest sigue atrayendo a aventureros de todo el mundo. Para algunos, como Jacob Weasel, un cirujano que alcanzó la cima en 2023, la motivación trasciende lo personal. “Planté una pluma de águila en la cima para representar a mi pueblo”, dijo, refiriéndose a su comunidad nativa. Para otros, como Alan Arnette, quien escaló en honor a su madre con Alzheimer, el ascenso es una forma de dar sentido a la lucha. Sin embargo, la montaña no discrimina: novatos y veteranos enfrentan los mismos riesgos.
El Monte Everest, majestuoso e implacable, es más que una montaña. Es un espejo de las ambiciones humanas, un lugar donde la gloria y la tragedia se entrelazan. Cada cuerpo que emerge del hielo cuenta una historia de coraje, sacrificio y, a veces, imprudencia. Mientras el cambio climático continúa desnudando sus secretos, la montaña nos obliga a reflexionar sobre nuestro impacto en la naturaleza y la ética de desafiar lo imposible. Como dijo Tshiring Jangbu Sherpa, “los Himalayas nos han dado mucho, pero ahora es nuestro turno de devolverles el respeto”. La próxima vez que alguien sueñe con conquistar el Everest, quizás deba preguntarse: ¿vale la pena el precio?